Fragmento del libro de Los Errantes

Helen Smith (56 años), San Francisco (California)

Corro por un túnel cuyo fin no alcanzo, las sombras me persiguen mientras que, exhausta, intento llegar hasta una luz lejana, un calor distante, no puedo seguir ya que las fuerzas me fallan y mis rodillas, al igual que mi voluntad, golpean el duro asfalto. Siento como mis huesos flaquean y mi esperanza se doblega ante la cruda realidad…No puedo huir… Las sombras comienzan a rodearme satisfechas por la captura, es el fin pero, de repente, me despierto, sudorosa y agitada. Era una pesadilla… Llevo varios días durmiendo pocas horas y padeciendo estos siniestros sueños cubiertos de oscuridad. ¿Serán un presagio de un mal cercano?  ¿O tal vez los pecados que he cometido buscan purgarse?

Me tiembla todo el cuerpo e intento recomponerme lo más rápida que puedo. Es de madrugada, eso es obvio pero, ¿Qué sucede? ¿Qué es ese ruido? Soy capaz de escuchar un sonido distante y ensordecedor. Miro a mi alrededor, enciendo una vela, cojo el cuchillo bajo mi almohada y comienzo a caminar despacio entre las oscuras estancias de mi casa. Me aseguro de que nadie ha entrado y de que la mortal trampa colocada en la puerta principal sigue activa. Si alguien decide visitar el octavo B sin permiso lo primero que recibirá será una cálida bienvenida de mi escopeta Remington.

El sonido no cesa y aumenta en intensidad así que, una vez segura de que todo está en orden, decido descorrer las persianas para observar algo insólito, una imagen que me deja completamente perpleja. En esta oscura noche de caótica desesperación hay algo que jamás pensé que presenciaría.

La espesa nubosidad que cubre la ciudad está siendo quebrada por varios, cientos o miles de haces gigantescos de azulea e intensa luz que caen desde el cielo, muy probablemente desde el espacio y los cuales están impactando en el duro suelo con una brutal fuerza, como si estuvieran perforándolo. Puedo ver cómo, el haz de luz más cercano a mi posición, está emitiendo una potentísima onda expansiva que se extiende por un amplio perímetro y, como el, muchos más a lo largo y ancho de la ciudad o puede que del planeta. ¿Aún funcionan los satélites? ¿Qué propósito tienen su uso? Tal vez quieran extinguirnos de una vez para siempre y liberarnos de este tormento y batalla diarios por la supervivencia.

Sigo cavilando mientras que, a mi mente, llegan multitud de hipótesis, dudas y miedos que la embargan al unísono cuando descubro, atónita, su verdadera finalidad… ¡No puede ser!… ¡Dios, no puede ser!

Comienzo a llorar desconsoladamente…

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