Un anticipo de los Errantes (Némesis) para los más impacientes…

Todavía queda un poco para la salida del segundo libro por dos razones: la primera es que aún se está escribiendo (probablemente acabe a principios de octubre según la disponibilidad de la inspiración y el trabajo) y, en segundo lugar pero no menos importante, es que todavía queda por delante la presentación del primero libro de Los Errantes (Génesis) en Sevilla. Por ello dejo, para ir abriendo boca, un fragmento de la secuela que seguro encantará a aquellos que disfrutaron de la primera parte cuando estaba a la venta en Amazon. Paciencia. Por razones obvias tanto este fragmento como el resto de la obra escrita está registrado con DERECHOS DE AUTOR.

6 años, 2 meses y 5 horas tras el Incidente

Peter O´Mara (48 años), En algún lugar a las afueras de Kansas

  • ¿En serio?, ¡no me lo puedo creer!

Otra vez Hanna despertándome de mi profundo sueño por culpa, tanto su temperamental carácter, en parte heredado de su madre, como por su alto tono de voz cuando se sorprende por algo. Algunas veces actúa como si el peligroso mundo en el que vivimos le fuera indiferente o no fuera consciente del riesgo de alzar la voz. Espera Peter, espera… ¿dónde estás hoy?. El brusco despertar de mi hija me había dejado algo confuso durante unos breves segundos pero, poco a poco, comienzo a vislumbrar nuestros pasos hasta ahora, como si una niebla que nubla mi mente se disipase por momentos. La grabación en bucle decía que había una zona segura en Kansas pero, cuando llegamos allí, ya no quedaba nadie con vida así que, sin vacilar ni un segundo, decidimos partir hacia la lejana costa, tomar un barco y que el viento nos lleve a Canadá como plan B de nuestra operación de supervivencia. El primer paso sería guarecernos lo más prontamente posible a las afueras de la ciudad, lejos de los millones de escondrijos que inundan las infinitas calles desoladas pues, como bien enseñé a Hanna, la regla de oro es evitar a toda costa los céntricos núcleos urbanos que, muy a nuestro pesar, son auténticos nidos de Errantes o saqueadores. Recuerdo como, en el anochecer de ese mismo día, encontramos una pequeña casa en una apartada, además de tranquila y aparentemente segura, zona rural.

Llevamos dos, no, miento, tres días aquí dentro. El descanso nos vendrá bien para reponer fuerzas y hacer inventario de la infinidad de suministros que los antiguos propietarios de esta casa habían dejado para nuestro bien y fortuna puesto que, antes de llegar aquí, nuestras provisiones eran casi inexistentes.

Hanna… mi pequeña Hanna. La observo ahora como ojea meticulosamente un polvoriento libro y como sus ojos, asombrados por la lectura, recorren rápidamente cada palabra con la misma sorpresa que un niño recibe un regalo por Navidad. El sol del atardecer, cuyos rallos se filtran por la claraboya del ático, resplandecen en su rubio cabello y le dan un cierto aire angelical. Severa pero bondadosa. Implacable pero generosa. Dura pero inocente. Esa es mi niña y ahora yo intento, como las anticuadas cámaras de antes, grabar cada momento que vivo con ella como si fuera el último. Ella es la fuente de mi lucha. Cierra el libro con brusquedad y una nube de polvo se levanta en el mismo momento que posa su mirada en la mía.

  • Peter –siempre he odiado que me llamase por mi nombre y que nunca se dirigieses a mí como papá- ¿esto es real? –se levanta y me hace entrega del libro. En la tapa de este pone “Diario de Isabella”.
  • ¿A qué te refieres exactamente Hanna? –ojeo extrañado las páginas del libro sin entender muy bien a qué se refiere.
  • ¿La gente de antes se preocupaba por cosas tan estúpidas como salir a un baile, ver películas con un chico guapo, llorar por un corazón roto o pasear por la playa con unos amigos? –estaba frustrada o cabreada eso era evidente. Su cara era legible para mí después de tantos años.
  • Sí pero, ¿por qué estás tan molesta? No lo entiendo hija mía.
  • ¡Qué!, ¿qué no lo entiendes! –hizo un pequeño aspaviento de reproche- ¡Eran personas simples Peter!, ¡eran vidas monótonas y aburridas!.
  • ¿Prefieres lo que ahora estamos viviendo?, ¿en serio deseas estar todos los días de tu vida huyendo, durmiendo por turnos, buscando planes alternativos y víveres con los que subsistir?, ¿crees que este mundo lo elegí para ti? –de repente me quedé sin habla al ver como unas pocas lágrimas comenzaron a brotar por las mejillas de mi hija.
  • No lo entiendo. Yo –tragó saliva antes de continuar- no entiendo el mundo de antes. Lo veo como un sueño. Leo ese libro y me resulta imposible de concebir que algo tan utópico existiese en realidad ¿de verdad existió ese mundo?, ¿en serio que no había que preocuparse por otras cosas que las que ahí se mencionan? Para mí –me abalancé para abrazarla con fuerza- ese mundo tan simple es ficción papá.

Esa fue la primera vez, en sus doce años de edad, que la oí dirigirse a mí como papá y puedo jurar que fue uno de los momentos más duros de mí vida. Entre sus desgarradores sollozos y sus infinitas lágrimas entendí lo que quería decirme. Le había robado su infancia o, más bien, ella no había tenido infancia. Desde que tuvo uso de razón me vi obligado a forzarla, por las circunstancias, a madurar de forma tan acelerada que la visión que ella tiene del mundo es concebida como la de un adulto. Nació antes del Incidente pero, sus verdaderos recuerdos, han sido todos ellos después del surgimiento de los Errantes y, como un fuego que no puede extinguirse, se han cimentado en base al miedo, la desesperación y la continua huida por la subsistencia. Había tenido que entrenarla, física y mentalmente, para que se valiese por sí misma el día que yo ya no estuviese sin recordar, o tal vez olvidando, lo que ella es en sí misma: una niña. Podía sentir en mí interior que, todas esas cosas que ella denominaba banales, las deseaba con ahínco aunque se negara constantemente a reconocerlo. Hanna hubiera querido vivir las simplezas de un mundo rutinario y, por el infortunio de vivir en los tiempos de ahora, no podrá disfrutarlo jamás. Espero que me perdones hija mía… Ojalá hubiera podido darte las simplezas de la vida mundana de antes.

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